A no ser que seas un fan fatal de Peyton Manning, la Super Bowl ofrece muy pocos alicientes como espectáculo deportivo. No obstante, todos los conocedores de la cultura popular saben que lo verdaderamente interesante está en las pausas publicitarias: anuncios de Coca-Cola protagonizados por el señor Burns, KISS haciéndose los chulos con Dr. Pepper, Megan Fox en la bañera ( he olvidado lo que anunciaba)… Los que a mí más me interesan, claro está, son los de películas de próximo estreno, aunque ya estamos lejos de aquellos años en los que la Super Bowl era el primer escaparate para los blockbusters veraniegos. Con todo, este año ha habido avances jugosos y algunas imágenes reveladoras. Vamos uno por uno:
a) Shutter Island: El último trabajo de Martin Scorsese se estrena la semana que viene, así que difícilmente podemos hablar de blockbuster veraniego. Además, es uno de esos proyectos que retrasan tanto su fecha de estreno que ya nos sabemos sus trailers de memoria, así que poca capacidad de sorprendernos tiene un anuncio que prácticamente no incluye planos nuevos. Eso sí, podemos confirmar que el cineasta ha hecho un trabajo espléndido a la hora de recrear la atmósfera malsana del noir de serie B, modelo Jacques Tourneur. A ver qué tal todo lo demás.
Nivel de hype: 6/10.
b) Robin Hood: Flechas a cámara lenta, sobredosis de planos aéreos y mucha gente dando gritos para un proyecto que debería haberse estrenado hace diez años, cuando todas esas cosas aún estaban de moda. Ridley Scott y Russell Crowe invocan el recuerdo de Gladiator (2000), ese raro ejemplo de película que parece gustarle a todo el mundo, pero ni este escueto avance ni el trailer que lanzaron hace unos meses contienen los alicientes suficientes para requerir nuestra atención.
Nivel de hype: 3/10.
c) Príncipe de Persia: Las arenas del tiempo: ¿Es posible que estemos ante la superproducción más aparatosa de todos los tiempos? Los amantes de la saga más reciente del personaje apreciarán la cantidad de alusiones a los videojuegos, pero esto no deja de ser un encadenado de imágenes de Jake Gylenhaal luchando contra efectos especiales. El über-productor (me encanta utilizar esta palabra) Jerry Bruckheimer está muy convencido de haber encontrado su nueva franquicia a lo Piratas del Caribe. Hm…
Nivel de hype: 5/10.
d) Alicia en el País de las Maravillas: Su estreno en España se acaba de posponer hasta el 16 de abril, pero este pequeño avance compensa un poco las cosas. Los personajes parecen vivos y creíbles, no como en el trailer o en los pósters que hemos visto hasta ahora (aunque Tweedledee y Tweedledum, interpretados ambos por Matt Lucas, siguen siendo difíciles de ver). Sin embargo, lo mejor de este anuncio es la batalla final, en la que podemos atisbar a un desproporcionado Crispin Glover dando mandobles como la Sota de Corazones. Tim Burton, tiene usted nuestro voto de confianza, pero cuidado: más le vale estar a la altura del reto que se ha autoimpuesto.
Nivel de hype: 7/10.
d) The Last Airbender: El gran ganador de la noche, en parte porque es el único avance compuesto íntegramente por material inédito y en parte porque, bueno, la perspectiva de ver a M. Night Shyamalan coreografiando artes marciales es excitante. El arrebatador formalismo del director parece haberse adaptado sin problemas al universo de la serie de animación, aunque no sabemos hasta qué punto esos zooms pertenecen al anuncio o estarán también en la película. Si es así, aún no sé cómo tomármelos…
Nivel de hype: 8/10.
Hoy no habrá post aquí, sino aquí: los insignes creadores de We Love Cinema me propusieron colaborar y, evidentemente, no tuve que pensármelo dos veces. Mi contribución tiene que ver con uno de los géneros a los que más les ha beneficiado el cambio de siglo en nuestro cine, el thriller. El éxito comercial, crítico y artístico de Celda 211 (2009) es el broche de oro de una década marcado por un modelo que no sólo está consiguiendo aunar la cerebralidad europea con el sentido del espectáculo norteamericano, sino que también ha contemplado el nacimiento y consolidación de Jaime Rosales, revolucionario sin igual del suspense cinematográfico.
Vía Neotorama, la página web más chiflada de todos los tiempos. Estoy seguro de que tiene que haber algún tpo de lógica detrás de tosas estas decisiones de estilo, detrás de esta celebración del horror vacui, de este monumento a los malos usos del lenguaje HTML. Creo que tiene que ver con una fiesta de fin de curso. O con una tienda de ropa para fiestas de fin de curso. Neatorama apuesta por esto último, llegando a identificar la tienda como Yvette’s, en Florida. Buena suerte con el negocio, señores. La próxima vez, reconsideren la idea de dejar que el sobrino de once años del jefe diseñe su web. Esto absolutamente seguro de que un hombre cuerdo puede acabar como un secundario de Destino final si la mira fijamente durante más de veinte minutos.
En otro orden de cosas, Warren Ellis comparte con todos nosotros el anuncio falso de arriba. En su web, claro. Hay días en los que, Dios, amo internet.
3 de febrero de 1959, un pequeño avión se estrella en un campo de maíz en Iowa. Dentro mueren Buddy Holly, Ritchie Valens y J.P. Richardson, más conocido como The Big Bopper. Son tres de los músicos más importantes y talentosos de Estados Unidos. También son increíblemente jóvenes: ninguno llegaba a los treinta años, Valens ni siquiera había cumplido los 18. Los tres estaban de gira por todo Estados Unidos (el Winter Dance Party Tour). La idea de coger un avión fue de Holly, quien estaba cansado de ir de una ciudad a otra en autobús. Su mujer embarazada lo esperaba en casa. El 3 de febrero de 1959, el Día que la Música Murió.
¿Porque murió, verdad? No del todo: al rock aún le quedaba su gran apóstol, Elvis, amén de un huracán que ya se estaba gestando en Inglaterra. Sin embargo, una parte de la música popular si murió en aquel avión, o como mínimo sufrió un revés importantísimo. Solo podemos especular hasta dónde hubiera llegado Buddy Holly en su carrera: pionero del ritmo loco, adelantado a su tiempo e inspiración directa para el primer Bob Dylan (quien afirma haberlo visto en concierto solo dos noches antes de su muerte), el hombre de las gafas de pasta ya había puesto patas arriba la cultura pop en solo cinco años. Da vértigo pensar hasta dónde podría haber llegado si hubiera conocido la década de los sesenta…
A continuación, Buddy Holly and the Crickets incendian la televisión en directo con esta actuación de 1957. Nadie envejece mejor que los que dejan un bonito (y joven) cadáver.
Cinco cosas que realmente han cambiado mi vida este mes.
1. En terapia. Viendo dos series con tantos puntos en común como In Treatment y (atención) La pecera de Eva me doy cuenta de que ya sé lo que quiero ser de mayor: terapeuta. Gabriel Byrne se sale como el doctor Paul Weston en la que posiblemente sea la mejor serie de médicos de los últimos años, un drama de cámara que consigue hacer auténticas proezas con sus diálogos (la más importante: dejarnos pegados al sofá con casi media hora de, eh, dos personas hablando) y encuentra sus highlights los viernes, es decir, en los episodios de Gina (Diane West), cuando los roles se invierten y Weston pasa a ocupar el diván. La pecera de Eva juega en otra liga, pero hay algo casi fascinante en ese concepto tan particular de la improvisación. Y, además, sale este tío haciendo de pajero.
2. The Hurt Locker no es la bomba. El último trabajo de Kathryn Bigelow me ha gustado, pero no llego ni por asomo al derroche de entusiasmo que parece haber generado en casi todo el mundo. ¿Mejor película sobre Irak? Más bien un Jarhead de cámara en mano que no es tan nihilista como parece y que funciona mejor cuando asume los códigos del western clásico que cuando opta por la obviedad (los últimos minutos deslucen, y mucho, el resultado final). Eso sí, reconozco en el personaje de William James (Jeremy Renner) a la perfecta metonimia de nuestro tiempo: un adicto a la adrenalina que solo es capaz de sentir algo cuando tiene una bomba a punto de estallar ante las narices y una pistola en las manos, un apostol del deseo de muerte freudiano que ni siquiera puede plantearse por qué hace lo que hace.
3. Lista de lecturas. En las últimas semanas, es posible que me hayas visto en el metro con: Bienvenidos al desierto de lo real, de Slavoj Žižek (ensayos sobre el 11-S y su impacto a corto-medio plazo en la estructura profunda del capitalismo occidental); El pistolero, de Stephen King (sí, estoy releyendo La Torre Oscura); Fantomas, de Pierre Souvestre y Marcel Allain (el folletín ha envejecido un poco regular) y la edicionzaca crítica de Frankenstein que ha sacado Espasa Calpe (se trata del manuscrito de 1816 y sus correcciones de 1818, es decir, la primera versión que no conoce casi nadie). Con los tebeos me estoy quedando un poco atrás: la serie regular de Los Cuatro Fantásticos y el final de (ejem) Crisis Final, que he leído ya dos veces y aún soy incapaz de comprender, no digamos ya de asimilar.
4. Transferencia a mi favor. Nuevo disco de Spoon, días enteros esperando a que lo trajeran a las tiendas (sé que estaba en Spotify, pero los discos de este grupo yo me los compro y los escucho con las luces apagadas porque soy un purista). Siempre he pensado en Britt Daniel como en el equivalente musical a un artista contemporáneo: sus primeros discos revelaban influencias evidentes de sus maestros (Pixies a la cabeza) y brochazos de rock puro, pero con el tiempo ha ido encontrando su propio estilo y radicalizándolo. Transference es su trabajo más hermético y desnudo, un acercamiento a la abstracción casi malevichiano que ya ha dejado perplejos a los que se subieron al carro tras el éxito de Ga Ga Ga Ga Ga. El sonido sin refinar y los finales abruptos (The Mystery Zone parece estrellarse contra un muro en su último segundo) acentúan la sensación de un trabajo vivo, minimalista, seco y experimental. Casi una visita al estudio de grabación, o un asiento de primera fila para asistir al proceso creativo de Daniel. Los fans de toda la vida estamos encantados, claro.
5. Mi Spotify. En diciembre no me dio tiempo a confeccionar una lista de canciones tan apabullante como la de los meses anteriores, lo cual fue una auténtica lástima (había un par de himnos navideños semi-desconocidos que tendrán que esperar al año que viene). No obstante, este mes sí hay ración de excelencia sonora. La lista de canciones, por si alguien comete el acto vandálico de modificarla, es esta:
1. I Wish I Was Someone Better, de Blood Red Shoes / 2. Mexico, de Cake / 3. If You Can’t Give Me Everything, de Reigning Sound / 4. Poor Inocent Boys, de Cazals / 5. Caught the by Fuzz (Acoustic), de Supergrass / 6. There Goes Your Corpse Again, de The Deadly Snakes / 7. E.L.E.V.E.N., de Siniestro Total / 8. White, de Charlotte Hartherley / 9. Emily, de Adam Green / 10. Iodine, de Sons and Daughters / 11. The Great Escape Under the Sea, de We Are Scientists / 12. Stay Gold, de Apples in Stereo / 13. Don’t Change, de INXS / 14. Bossa Nova, de Shivaree.
Hola, me llamo Noel, tengo 24 años, me gusta actualizar mi blog de vez en cuando y si no piensas que esta es una de las tres mejores secuencias cinematográficas de la historia, pelearé contigo. Pelearé contigo sin cuartel.
¡Feliz fin de semana!
1) Colección Luis Buñuel: Seis películas del genio aragonés a un precio de risa no es una oferta que se vea todos los días. La sesión se abre con La muerte en el jardín (1956), aventura simbolista rodada en alucinado Eastmancolor, para luego dar un salto a las perlas escogidas (y afrancesadas) de su última etapa creativa: Diario de una camarera (1964), Belle de jour (1967), El discreto encanto de la burguesía (1972), El fantasma de la libertad (1974) y la radical Ese oscuro objeto de deseo (1977). Quizá echemos de menos La Vía Láctea (1969), pieza clave para comprender la madurez creativa del cineasta, pero tampoco es cuestión de ponerle pegas a semejante oportunidad para cubrir las lagunas de nuestra colección. Todas las películas se pueden adquirir también por separado, pero que nadie espere muchos extras. Ya a la venta
2) El último gran héroe (Blu-ray): Considerada por muchos como el último clavo en el ataúd del cine de acción musculoso, este fiasco de 85 millones de dólares no merece seguir siendo una mera nota a pie de página en la filmografía de Arnold Schwarzenegger. Para empezar, su arriesgada mezcla de set pieces chifladas y metalenguaje de centro comercial denota una búsqueda de originalidad muy extraña en un género caracterizado por su dependencia a la fórmula. El director John McTiernan se divierte jugando con la multirreferencialidad de un guión co-escrito por el gigantesco Shane Black, pero la verdadero motor de la propuesta es Arnie: sin él, El último gran héroe no tendría ni siquiera una razón de ser. ¿Qué otra película puede presumir de tener una Parca bergmaniana (Ian McKellen) llevándose a un arquetipo moribundo al otro lado de la pantalla? Aplastada por Parque Jurásico (1993) en el momento de su estreno, esta rareza de alto presupuesto debería tener una pequeña resurrección en Blu-ray.
3) Érase una vez en los Midlands: Un buen montón de personas (entre ellas, el autor de este blog) pensaron que el británico Shane Meadows iba a empezar a ser conocido en nuestro país a raíz del éxito de This Is England (2007), pero se equivocaron: si no contamos al espectador habitual los cines Verdi, el tipo sigue siendo un desconocido entre nosotros. De hecho, Dead Man’s Shoes (2004), su indiscutible mejor película, ni siquiera ha sido editada en dvd. Mejor suerte ha tenido Érase una vez en los Midlands (2002), que no deja de ser una obra menor, una ligera curiosidad dentro de una filmografía caracterizada por unos tonos más sombríos. Robert Carlyle y Rhys Ifans llevan el peso de una extraña comedia romántica que está más cerca del spaghetti western que de Richard Curtis. No está mal, pero la que de verdad queremos ver es Le Donk & Scor-zay-zee (2009), la primera incursión de Meadows en el duro terreno de la comedia abiertamente idiota. Ya a la venta
SrLansky se chiva de esto en el Focoforo: la galería del LeRoy Neiman Center for Print Studies (Universidad de Columbia) organizará, desde el 29 de enero hasta el 19 de febrero, una muestra de la obra cinematográfica de James O. Incandenza. ¿Quién? Pues uno de los protagonistas de La broma infinita, la monumental novela de David Foster Wallace, quien incluyó una lista de sus casi setenta obras cinematográficas de vanguardia como extensa nota a pie de página. Todo el que se haya sumergido en el libro sabrá que muchos de estos “cartuchos de entretenimiento” son absolutamente infilmables (por ejemplo, el que da título a la novela), mientras que otros podrían ser considerados como el sueño de un videoartista algo chiflado. Pues bien, eso es exactamente lo que propone la exposición: una muestra de obras inspiradas en Incandenza, aunque no sabemos si serán adaptaciones directas (la web promete “recreaciones”) o si, por el contrario, se habrán tomado algunas licencias. Es de esperar que algún alma caritativa comparta los highlights de la muestra con todos aquellos que no estamos como para un viaje relámpago.
Hola. Perdón por la ausencia de posts con la que os castigué ayer: día duro. Lo creáis o no, anoche empecé a escribir un post sobre Decode: Digital Design Sensations, una exposición en el Victoria and Albert Museum que convierte la tecnología digital en poesía visual abstracta. El problema fue que me empecé a quedar dormido sobre el teclado del portátil, así que no hubo más remedio que abortar la operación.
Hoy quería volver a intentarlo, pero he visto algo mejor en Underwire, el blog donde encontré información sobre Decode. ¡Es Hogwarts! O, más concretamente, una réplica a escala y parcial de Hogwarts que actúa como principal reclamo de The Wizarding World of Harry Potter, el parque temático que se está edificando en estos momentos en Florida, con vistas a una posible apertura en primavera. No es ningún secreto que me chifla Harry Potter, tampoco os descubro nada si confieso mi pasión por los parques temáticos. Solo por esta foto, creo que mi día va a ser un poco menos duro que el de ayer.
Si tu segundo disco es una crónica alucinada del Apocalipsis (cultural, pero Apocalipsis al fin y al cabo), resulta hasta cierto punto lógico que decidas tomarte algún tiempo para planear el siguiente paso de tu carrera. Incluso es comprensible que pienses en retirarte, como aseguraron haber hecho Damon Albarn y Jamie Hewlett hace ya casi cuatro años. Sin embargo, uno intuye que los creadores del primer artefacto pop del siglo XXI se divierten demasiado con él como para dejarlo morir. Tras coquetear con la idea de una película (Carousel, que posiblemente acabe convertida en un espectáculo itinerante o en un nombre colectivo para todo tipo de creadores audiovisuales, a lo Luther Blissett), reformularse como una ópera circense en Monkey: Journey to the West, estrenar el documental Bananaz y colaborar/llegar a acuerdos para colaborar con absolutamente todo el mundo —desde Neil Gaiman hasta Alan Moore, pasando por The Horrors o Terry Gilliam—, Gorillaz se sentían preparados para afrontar la Fase Tres de su plan de conquista mundial: un nuevo disco que sirviera, al mismo tiempo, como golpe de timón (del trip rock oscuro al pop neorretro) y como ejercicio de estilo. O eso es, al menos, lo que uno intuye tras escuchar Stylo, el primer single de Plastic Beach: un extrañísima vampirización de pop de sintetizadores más retorcido que alguien ha descrito como Saturday Night Fever con MDMA.
Plastic Beach parte de un concepto casi ballardiano: los miembros de Gorillaz, más viejos y mustios que nunca, se han retirado a una isla artificial, alejada de la civilización y levantada sobre kilos de plástico. Albarn tuvo la idea en su primera visita a Mali, donde descubrió que su manera de organizar y reutilizar la basura no tenía nada que ver con la británica: la imagen de serpientes viviendo entre bolsas de plástico en descomposición le sirvió de inspiración para un disco que considera el pop como un material biodegradable. La espera hasta el 8 de marzo se va a hacer tan dura que mñas nos vale empezar a construir una máquina del tiempo.
Torne, el nuevo sistema de DVR patentado por Sony Japón, promete hacer realidad el sueño de hombres como Homer Simpson o yo mismo: darte premios por ver la tele. La idea, según informa 1Up, consiste en adaptar el sistema de trofeos de PlayStation 3 a la actividad, hasta ahora nada interactiva, de ver el último episodio de (pongamos por caso) Héroes. Por el momento, los responsables de Torne no han querido dar demasiadas explicaciones sobre su funcionamiento, así que nos corresponde a nosotros imaginar los diferentes usos de su sistema de trofeos. ¿Un premio tras cada punto de giro? ¿Un trofeo «Mejor fan de la historia» para el espectador que sea capaz de aguantar FlashForward semana a semana? Las series con larga trayectoria y un universo más o menos rico podrían incluso planteárselo como una suerte de juego de bebidas. Estoy pensando, por supuesto, en Perdidos: trofeo «Cerveza Dharma» cada vez que aparezca una en pantalla, trofeo «Jack respira raro» cada vez que… nuestro hombre… haga pausas… muy largas… y llenas de jadeos… profundos… cuando va a explicar… algo, trofeo «Smokey» o trofeo «¡Tengo una teoría!». Las posibilidades son ilimitadas.
Quiddity recomienda visitar el blog Curious Pages, un compendio de libros infantiles que dan cosica. En serio, profesores del mundo: quizá sería mejor que vuestros alumnos lean It, de Stephen King, antes que algunos de los cuentos ilustrados aquí presentes. Por ejemplo, la trilogía Emergency Mouse, Inspector Mouse y Quasimodo Mouse que abre el blog: los dibujos corren a cargo del inimitable (y eso que lo han intentado imitar millones de veces) Ralph Steadman, que se las ingenió para incluir apariciones estelares de su amigo y Hunter S. Thompson entre los ratones malrolleros que pueblan los relatos. ¿El papa de lo Gonzo en un cuento infantil? ¿Pero es que nadie va a pensar en los niños? Antes de gritar alguna de estas cosas, convendría recordar la estrecha relación que une a la obra del Dr. Seuss con el delirium tremens.
No hay duda de que las ilustraciones de muchos de estos libros serían capaces de convertir a la Asociación de Padres de Alumnos en una turba furiosa (y, probablemente, portadora de antorchas). Sin embargo, la mayoría de ellos están firmados por escritores que realizaban lo que en su cabeza era una labor honesta de divulgación. Ahí tenemos a Heinrich Hoffmann, doctor en psiquiatría y autor de Der Struwwelpeter (1845), una recopilación de cuentos morales ilustrados sobre las consecuencias de portarse mal. ¿Te chupas el dedo? Un sastre sádico te cortará los pulgares con unas tijeras gigantes (¡que alguien llame al doctor Freud!). ¿No te quieres tomar la sopa que tu madre te ha preparado para cenar? No te preocupes, acabarás muriendo por inanición. ¿Te gusta jugar con cerillas? Mira la imagen que acompaña a este post. Herr doktor no percibía sus relatos como refinados ejercicios de crueldad, sino como pequeñas enseñanzas morales cuyo principal objetivo era entretener a sus jóvenes lectores. No obstante, es probable que sin el Struwwelpeter no existieran Los pequeñines macabros (1963), de Edward Gorey, quien directamente decidió prescindir de la moraleja y centrarse en el sadismo sin coartadas: profesores del mundo, tomen ejemplo de este Hombre Sabio.

En el primer volumen de The League of Extraordinary Gentlemen, Alan Moore y Kevin O’Neill imaginan un duelo en las cataratas de Reichenbach lleno, al mismo tiempo, de cortesía británica (dos mentes privilegiadas que no pueden dejar de sentir cierto tipo de admiración cerebral la una por la otra) y furia visceral (dos enemigos a niveles casi metafísicos que hablan en voz alta del componente mitológico de su cara a cara definitivo). Guy Ritchie, Lionel Wigram y Simon Kinberg, máximos responsables de esta nueva versión de Sherlock Holmes, han logrado algo muy parecido: detectar el alma de las narraciones de Arthur Conan Doyle y sincronizarla con esa concepción del blockbuster como parque temático que nació con Parque Jurásico y entró en la era digital con la saga Piratas del Caribe. Se trata de una lectura en clave steampunk del mito, que elimina el gusto por los tiempos muertos de Conan Doyle y se reformula como un heterodoxo tren eléctrico, cuya traición al canon es solo aparente: cualquier holmesófilo reconocerá en los detalles y en el sustrato de la historia un conocimiento profundo de causa. Ritchie logra la que probablemente sea su mejor obra acercándose al generoso sentido de la maravilla de un Terry Gilliam y a la supuesta arbitrariedad de un Sam Raimi, pero la verdadera pista para entender la grandeza de este Sherlock Holmes está en sus ecos del mejor Alan Moore (no sólo The League, sino también From Hell). En suma, un pastiche deslumbrante.

Vuelve el fantástico victoriano, amigos y vecinos. Con el Sherlock Holmes de Guy Ritchie a punto de aterrizar en nuestras pantallas, es momento de volver la vista atrás y recordar algunas de las mejores encarnaciones cinematográficas del sabueso de Baker Street. ¿Dónde? ¡En mi reportaje para Cine 365, claro! Quizá debería avisar desde el principio de la ausencia de El secreto de la pirámide (1985), pero hay una buena razón para que no esté: Asesinato por decreto (1979), una pequeña joya minusvalorada, además de una suerte de precuela del From Hell de Alan Moore y Eddie Campbell.
¿Este reportaje os sabe a poco? Lo entiendo, yo tampoco me canso nunca de mí mismo. Por ello, os ofrezco un bonus track: el repaso a las mejores películas de 2009 en Miradas de cine, donde elijo mis diez favoritas… y las tres que más me repatean. Menos mal que gente con muchísimo más criterio también lo hace.
Quirk Books, la editorial que apostó por (y se hizo multimillonaria gracias a) Orgullo y prejuicio y zombis (2009), ha anunciado su siguiente paso: Android Karenina, una reescritura fantacientífica del clásico de Tolstói que supone un alejamiento de, al mismo tiempo, las praderas británicas de Jane Austen y del género de terror con monstruos. El encargado de transformar este arquetípico folletín de prestigio en una sátira de ciencia-ficción es Ben H. Winters, el mismo que concibió Sense and Sensibility and Sea Monsters (20o9) como una precuela al seminal pastiche zombi de Seth Grahame-Smith. La novela no se pondrá a la venta hasta el próximo mes de junio, pero la web de Quirk ya ha empezado a espolear el hype con una portada misteriosa y un grupo de Facebook.
Antes de seguir, quizá sea conveniente confesar que mi opinión de Orgullo y prejuicio y zombis no es muy favorable. De hecho, me parece uno de esos casos en los que la idea está muy por encima de la ejecución, más que nada porque solo hay una idea en toda la novela (la que está anunciada en el título). Sin embargo, me consta que Winters ha hecho algo distinto y potencialmente más interesante en Sea Monsters: crear una mitología completa para explicar y enriquecer esta Inglaterra alternativa poblada por zombis, monstruos y ninjas. Además, el drama de Anna Karenina supone un material de primera para explorar ese cliché del androide con sentimientos (un clásico de la ciencia-ficción), cargando de paso las tintas en el estudio sobre la hipocresía y el poder de los celos que caracteriza a la obra original. Sería deseable que Winters no se sintiera en la absurda obligación de ser demasiado literal, el principal lastre de la propuesta de Grahame-Smith: por ejemplo, podría añadir un epílogo completamente nuevo en el que Anna es recogida pieza a pieza de las vías del tren (eléctrico) y reconstruida con el único propósito de vengarse de todo el mundo. O mejor aún, reservar eso para la secuela.










