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My Horror Love: Grom el Único

28/10/2009

Fay


Mens sana in corpore insepulto.

Creo que tengo un problema.

Pese a mi desaforado gusto por el séptimo arte, nunca he sentido un verdadero flechazo amoroso por los personajes femeninos que intentan encandilarme desde la gran pantalla. Es más, la única vez que senti una descarga eléctrica viendo una película fue cuando un acomodador me lanzó una batería de coche por intentar comerme los reposabrazos de una butaca…

Ahora bien, cuando el amor sale de encuadre, la líbido entra como un elefante en una cacharrería: los hombros desnudos de una aterrorizada y bellísima Fay Wray siendo desvestida (¿?) por un hipertestosterónico King Kong (Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack; 1933); la candidez efervescente y jabonosa de Sharon Tate en El baile de los vampiros (Roman Polansky; 1967), o los hombros desnudos y jabonosos de Janet Leigh en Psicosis (de… en fin), disparan de tal manera mi sistema límbico que me resulta difícil levantarme sin perder el conocimiento por el masivo trasvase sanguíneo.

Eso sí: no siento ningún movimiento interpernil al ver las aceitosas curvas de Megan Fox en Jennifer’s Body (2009), y la supuesta sensualidad de la McGowan en Planet Terror (2007) se me diluye entre tanta hemoglobina. El terror ochentero, tan dado a mostrar las bamboleantes glándulas mamarias de desprejuiciadas zagalas que acababan empaladas  —y no precisamente por su novio quaterback—, ha ido mutando hasta un erotismo high-tech que me deja a cero grados. Ni frío ni calor.

Pero, ah, la Catherine Deneuve de El ansia (Tony Scott, 1983); por ella me dejaría desgarrar —el cuello, se entiende— toda la noche (e incluso estaría dispuesto a pagar si Susan Sarandon se une a la fiesta, entre vaporosas sedas y música de anuncio de aseguradora). O la Sigourney “Ripley” Weaver de Alien, el octavo pasajero (1979), escapando de una terrorífica criatura espacial mientras publicita Women’s Secret. O Barbara Hersey en El Ente (1981), agitándose sobre la cama víctima de una violación ectoplásmica. O…

Sí, definitivamente tengo un problema.

– Por 666 Grom.

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