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Nuestro amigo el átomo

23/03/2010
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En Screams of Reason. Mad Science and Modern Culture, el historiador David J. Skal relaciona el éxito de una película como The Invisible Ray (1936), en la que Boris Karloff se vuelve venenoso a causa de la radiación emitida por un meteorito de origen desconocido, con la muerte de Marie Curie solo un año antes. Al igual que el doctor loco de la ficción, la codescubridora (junto a su marido Pierre) del radio se había ido envenenando poco a poco a causa de las fuertes radiaciones a las que había estado expuesta durante todo el tiempo que duraron sus investigaciones. En The Invisible Ray, una mujer encapuchada es la encargada de acabar con el personaje de Karloff, en una secuencia que Skal lee como una venganza de ultratumba: Marie Curie (o su sosias en la pantalla) advierte a toda una generación sobre los peligros de la radiación y, para ello, mata al actor que dio vida a la metonimia por excelencia de los peligros de la presunción científica.

El autor también relaciona el impacto de esta secuencia final con la moda de la curandería atómica que caracterizó las primeras décadas del siglo XX. La propia Marie Curie tuvo que lidiar en los últimos años de su vida con hordas de físicos y productores de cosméticos que pretendían usar los poderes de la radiación sin ningún tipo de precaución (el hecho que la física ya estuviera ciega por aquel entonces no pareció servirles como advertencia de que hay fuerzas con las que quizá no se debería jugar). Una de las nuevas medicinas atómicas se llamaba Radithor y era, a todas luces, un cóctel increíblemente peligroso, pese a que se promocionara como una cura para casi cualquier enfermedad derivada de la modernidad. “A perpetual sunshine”, rezaba la publicidad. Skal describe cómo las clases pudientes y los socialites de la época lo convirtieron en el placebo de moda hasta que las consecuencias de su uso prolongado se convirtieron en una tragedia evidente:

“El caso más infame fue el de Eben MacBurney Byers, un industrial rompecorazones que, tras ingerir el brebaje luminiscente a diario durante años, conoció un destino peor que cualquiera de los mostrados en la películas de terror de Hollywood. Según el informe de un abogado de la Federal Trade Commission que investigó el producto a finales de 1931, “es difícil imaginar una experiencia más truculenta en un ambiente más idílico. Llegamos a Southampton, donde Byers tenía una magnífica residencia. Allí lo descubrimos en un estado que elude toda descripción… Su cabeza estaba cubierta de vendas. Se había sometido a dos operaciones sucesivas de mandíbula, de modo que toda su mandíbula superior (excepto dos dientes delanteros) e inferior le habían sido extirpadas. Todo el tejido óseo restante en su cuerpo se estaba desintegrando lentamente y auténticos agujeros se formaban en su cráneo””.

Me vais a permitir que lo dejemos aquí. Es que, veréis, tengo por aquí una nueva bebida energética que, al parecer, es la bomba. ¡Mañana más Emperador de los Helados! ¡Sed felices!

3 comentarios leave one →
  1. 23/03/2010 9:39 am

    Absence alguna vez ha puesto en su blog publicidad retro de cremas y productos radioactivos. Son un buen complemento a este post.

  2. 23/03/2010 2:43 pm

    Impresionante. ¡Cuánta inconsciencia! E inocencia…

  3. Apático permalink
    24/03/2010 2:50 pm

    Si es de aquella se creían de verdad algo que ahora solo sobrevive en los tebeos… que si usabas la radioactividad te podías convertir en un superhombre. Como Spiderman. Estas gentes descubrieron empíricamente que no, que no desarrollabas poderes, que te pillabas un cáncer y te caías a cachos.

    ¿Quién sabe si de vivir en aquella época nosotros no nos dejaríamos llevar por esa ilusión y nos rociaríamos alegremente con sales de isótopos?

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