Skip to content

“Caprica”, o “Mi hija es un arma letal”

14/04/2010
tags:

Daniel Graystone (Eric Stoltz), científico de prestigio y especialista en robótica, inserta la conciencia digitalizada de su hija muerta en un androide de su invención. El robot se levanta de la mesa de operaciones y, titubeante, empieza a caminar. Es difícil que nuestra mente no establezca una conexión inmediata con el Frankenstein de James Whale mientras contemplamos la secuencia clave del piloto de Caprica, serie estrella del flamante canal Syfy (en realidad, es una versión remozada del Sci-Fi Channel de toda la vida). Lo que podría pasar, en un primer momento, como una referencia superficial a una poderosa imagen de nuestro inconsciente colectivo se revela como algo más profundo a medida que empezamos a vislumbrar las intenciones de esta ambiciosa pieza de ciencia-ficción cerebral: fundir los orígenes literarios del mito de la vida artificial con las últimas corrientes filosóficas en materia de realidad virtual, ciberespacio, transhumanismo y, en suma, todos los métodos avanzados para sustituir la carne por la tecnología.

“Mi espantosa progenie”. La rebelión romántica contra la racionalidad pura de la Ilustración nos dejó dos grandes modelos rectores que iban a marcar el mito de la vida artificial en la ficción de las décadas siguientes: por un lado, el Frankenstein de Mary Shelley; por otro, El hombre de la arena, de E.T.A. Hoffmann.  Se ha sugerido que la primera pudo inspirarse en los autómatas que entretuvieron a Europa a finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX (un intento ilustrado de convertir la propia vida en un mecanismo controlado) a la hora de concebir a su criatura, pero lo que Victor intenta lograr en su laboratorio no es ensamblar un engendro mecánico, sino usurpar la chispa (biológica) de la vida al mismísimo Dios. Por tanto, Frankenstein es una fantasía sobre la reproducción a través de la ciencia, mientras que El hombre de la arena sí incluye un personaje (la joven Olympia, hija sintética de un excéntrico profesor) inspirado directamente en los autómatas. Las versiones posteriores de la obra de Shelley tendieron a unificar ambos conceptos: el maquillaje de Boris Karloff ya incluía detalles que recordaban a la producción en cadena, mientras que autores como Isaac Asimov acuñaron el concepto de “complejo de Frankenstein” para referirse a nuestro temor hacia una posible rebelión robótica. En muchos sentidos, parecía lógico identificar a la criatura con un androide.

El Dios verdadero. Hoffmann no solo anticipa uno de los temas rectores de la ciencia-ficción en el siglo XX —el robot de apariencia humana, la frontera entre piel y tejido sintético—, sino que el amor que siente el protagonista del relato por Olympia también nos incita a leer El hombre de la arena como una advertencia sobre los peligros de abrazar un ideal sintético en nuestra era del simulacro. En Caprica, Zoe Graystone (Alessandra Torresani) es, al mismo tiempo, una criatura de Frankenstein y una Olympia: su padre ejerce de científico loco al insertar su avatar (sustituto para la era digital del muy analógico cerebro) en el cuerpo metálico de un cylon, lo que convierte al personaje en una interesantísima trinidad que combina aspectos de la Zoe de carne y hueso, de su copia digital y de su nueva existencia como engendro mecánico. No es casualidad que la tragedia que propició esta situación fuera, precisamente, un atentado suicida con tintes de fanatismo religioso: si la Zoe original murió a causa de sus coqueteos con el monoteísmo (dentro de una sociedad agresivamente politeísta), ahora ella misma se ha convertido en una suerte de neo-Dios cyberpunk.

“Así decimos todos”. Por supuesto, Caprica es una precuela de Battlestar Galactica, la serie que demostró a buena parte del gran público que un modelo de ciencia-ficción en las antípodas de George Lucas era posible. En mi opinión, también acabó convirtiéndose en una víctima de su propio éxito crítico y bordeando las fronteras del tostón excesivamente pagado de sí mismo. Es de esperar que este estimulante y ambicioso spin-off no siga el mismo camino: por el momento, me ha empujado a escribir un post bastante tostón (auch) sobre una serie de conceptos propios de un modelo de ciencia-ficción altamente arriesgado en los tiempos que corren: solo Lost ha exhibido una voluntad similar de darle al espectador un material que, hasta entonces, parecía exclusivo de la literatura para iniciados. Caprica no posee la capacidad de seducción suficiente para postularse como heredera al trono de John Locke y Desmond Hume, pero solamente el personaje de Zoe Graystone ya la  sitúa muy por encima de la media. Veamos hasta dónde nos lleva.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: