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Blockbusters ’10: “Robin Hood”

13/05/2010


Al enumerar los “vicios de actitud” del best seller del siglo XXI para las páginas de Babelia, Francisco Casavella reservó un lugar muy especial para la utilidad, que describió como la habilidad de “dar al mal lector de novelas lo que el mal lector de novelas quiere: enamorarse del propio saber”. El autor citaba expresamente Los pilares de la tierra como ejemplo de obra que crea esa ilusión de utilidad, ese espejismo de conocimiento práctico que tanto parece valorar cierto tipo de lector. Ridley Scott no se ha inspirado en Ken Follett para su reformulación de la leyenda de Robin Hood (su fuente parece residir, más bien, en las hipótesis del medievalista J.C. Holt), pero uno no puede quitarse encima la sensación de estar ante un filme guiado por esa misma lujuria por el dato histórico que tiene un best seller de aeropuerto. Scott está tan cegado por dotar a su relato de un contexto sociopolítico plausible que se olvida de la esencia del mito: Robin Hood, más allá de sus posibles raíces históricas, era una pura emanación del sentimiento nacional de un pueblo (el británico) que necesitaba usar el folklore como válvula de escape para una realidad (el debacle de la Tercera Cruzada y el reinado de Juan Sin Tierra) especialmente asfixiante. Este Robin Hood prima, por tanto, la utilidad frente a la catársis del escapismo, un error de base que se ve agravado por una incapacidad de sincronizar la ambición narrativa de Scott con el sentido de la maravilla que se le presupone a todo blockbuster de aventuras.

Al contrario que el Guy Ritchie de Sherlock Holmes (2009), el director y su guionista Brian Helgeland no han conseguido que su reformulación de un tesoro nacional inglés cambie para seguir siendo esencialmente lo mismo, sino que simplemente se han limitado a cambiarlo de arriba a abajo, a despojar todo aquello que lo hacía único. Russell Crowe se aleja de los tiempos del Technicolor con mallas y del mullet con banda sonora de Bon Jovi, logrando que en su Robin Hood haya más de hombre que de leyenda. El problema es que esta aproximación sucia e hiperrealista se aparta de las convenciones más superficiales (los sombreros con plumas, la camaradería entre bandidos, el sheriff de Nottingham como villano absoluto), pero esto no deja de ser una manera de simplificar la historia para construir una fábula a partir de ella: no hay más que ver el trazo grueso con que Scott despacha al invasor francés o los matices de villano de opereta que exhiben Mark Strong o Oscar Isaac para darse cuenta de que estamos ante una de esas películas que, a base de colocar unas cuantas cargas de profundidad a lo largo de su generoso metraje, se creen más complejas de lo que en realidad son.

¿Qué aleja de la zona del único Indy a esta farragosa épica de museo? Para empezar, su lectura política, valiente como pocas, que la convierte en una suerte de prolongación de un discurso que Scott inició en El Reino de los Cielos (2005): el peso simbólico de la Edad Media como instrumento para entender algunos conflictos del presente. Si allí se ofrecía una —humanista, aunque harto anacrónica— reflexión sobre la guerra (santa) eterna, aquí se postula a Robin Hood como una suerte de resorte revolucionario para una proto-conciencia obrera que, siglos más tarde, cristalizaría en la toma de la Bastilla. Tampoco podemos pasar por alto el trabajo de Cate Blanchett (cuya Marian está, lógicamente, más cerca de la mujer de acción que de la damisela en peligro) o la sofisticación de los referentes que maneja Scott: de Millais a Kurosawa, pasando por el insoslayable Howard Pyle. Robin Hood tiene el suficiente pedigrí como para no resultar una experiencia del todo fallida, pero su condición de papilla prestigiosa cocinada para el paladar medio acaba devaluando la misma leyenda que pretendía reformular.


Una suerte de Robin: Año Cero que rechaza los elementos más luminosos de la leyenda con una insistencia que llega a ser frustrante. Hay genio intermitente en la apuesta estética de su director, pero queda sepultado por su concepción hipertrófica, derivativa y tediosa de la épica histórica.

7 comentarios leave one →
  1. 13/05/2010 5:32 pm

    Hasta ahora me había referido a esta película como una “innecesaria Gladiator 2”. Por lo que cuentas, igual ni siquiera merece ser comparada a Gladiator…

  2. Noel permalink*
    13/05/2010 5:37 pm

    Bueno, a mí me ha gustado más que “Gladiator”…

  3. 13/05/2010 7:09 pm

    Ya hace tiempo que Ridley se confirmó como el hermano menos listo de Tony; ese sí que sabe divertirse.

  4. 17/05/2010 8:26 pm

    Hombre, es más bien truñete. Es demasiado larga y tiene detalles de película de medio pelo.

  5. Langas permalink
    20/05/2010 2:32 am

    Corrección: la canción principal de “Robin Hood, principe de los ladrones” no era de Bon Jovi, sino de Bryan Adams

  6. 15/06/2010 5:28 am

    deseo tener los servicios de blockbusters en realidad le agradeceria si accaeden a mi peticion

  7. 15/06/2010 5:32 am

    bueno en realidad la pelicula para mi muy buena la accion a su nivel

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