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Blockbusters ’10: “Los mercenarios”

16/08/2010

Sostenía Hernán Migoya que La dama y el recuerdo (Planeta), novela con la que el consagrado escritor Francisco González Ledesma ha vuelto a cabalgar sobre su seudónimo Silver Kane, no es “una reactualización ambiciosa o ‘realista’ de la novela del Oeste popular española”, sino simplemente una novela del Oeste popular española. Del mismo modo, resulta reconfortante comprobar que Los mercenarios no intenta sublimar el cine de acción old school a través de una mirada posmoderna, una dosis de metalenguaje o una innecesaria distancia irónica: Sylvester Stallone sabe muy bien que los valores de la acción física y contundente no necesitan a nadie que los sublime, aunque sí a alguien que nos los recuerde de vez en cuando. Su película es una generosa ración de placeres recién extraídos de una época de gimnasios de barrio y videoclubes, pero Sly no se duerme en los laureles de la nostalgia o el tono crepuscular (al menos, no demasiado). Así, Los mercenarios da exactamente lo que se espera de ella: una reunión de mastuerzos pasados y presentes que se muestran más que dispuestos a ir de fiesta como si fuera 1989. Incluso el estilo espídico de unos Neveldine & Taylor hubiera supuesto una pátina de sofisticación en un producto destinado a ese segmento de la población que realmente sabe apreciar las gorras con latas de cerveza incorporadas, la lucha libre televisada, la comida picante, los tatuajes tróspidos, las revistas de motos y a Eric Roberts.

La etiqueta de película-acontecimiento no le ha sentado especialmente bien a Stallone, pues su intención no era rodar la cinta de acción destinada a acabar con todas las cintas de acción. Por contra, lo que tenemos aquí es una clásica historia de buenos (héroes poco dados a andarse con hostias, pero muy dados al male bonding) y malos (dictadores sudamericanos y ex agentes de la CIA), con su chica en apuros, sus chistes bordeando la homofobia y sus explosiones más grandes que la misma vida. Quizá el mayor fallo haya sido fichar a tantas leyendas del cine de acción en una sola aventura, con los problemas de egos y las exigencias de momentos particulares de lucimiento que ello conlleva. No obstante, tampoco conviene ponerse excesivamente analíticos con una propuesta que responde a algunas preguntas estimulantes —¿quién ganaría en una pelea entre Jet Li y Dolph Lundgren?—, contribuye a fomentar la leyenda de Jason Statham como estrella de acción infalible, nos deja una de las secuencias de ultraviolencia más asombrosas de los últimos años (dos conceptos: Terry Crews, AA-12), contiene un monólogo torturado de Mickey Rourke que se podría interpretar como una forma extrañísima de autoparodia y, sobre todo, nos regala un desopilante cara a cara entre Sly, Arnie y (montado posteriormente) Bruce. Sueño cumplido de ese hombre lobo (o tunero de extrarradio) que todos llevamos dentro, Los mercenarios es una celebración que, armada hasta los dientes, se niega a ser un canto del cisne.


La sobrecarga de estrellas y unas secuencias de combate filmadas sin excesiva garra actúan como árboles que deberían dejarnos ver el bosque: una película de acción con las cosas muy claras y sin más pretensión que reunir a un buen puñado de tótems con ganas de marcha.

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