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Lecturas de medianoche (7)

29/10/2010


Encendamos todas las luces

Que vayan la justicia, el alegato y el entusiasmo por delante, porque son sumos el aprecio y respeto que siento hacia el difunto Richard Laymon y, en particular, su obra más famosa, Apagadas están las luces. Que a Laymon aún no se le reconozca tan categórico en la literatura fantástica y de terror moderna como a Stephen King o Clive Barker es, ante todo, un acto primero de ignorancia y luego de cobardía, pues Apagadas están las luces debió haberle reportado un prestigio mayor del ya obtenido, traspasando los oscuros circuitos de culto a los que fue confinado con este libro y el resto, pero vivimos en un mundo donde impera el meapilas y el falso erudito, y una novelucha de sangre y tripas de ciento y pico páginas que se caga en las farragosas convenciones del best-seller no merece el reconocimiento de las altas esferas, y ni falta que le hace. Ahora, sin embargo, Apagadas están las luces es un indudable clásico de culto del terror literario de sorprendente pureza, cuyos valores literarios y naturaleza exploit (Laymon solía hacerse eco de su afición al cine de terror en la ficción literaria como sólo él podía y sabía hacerlo, concibiendo el guiño en forma de asentamiento cultural en la realidad del lector, que no en la ficción: un desafío para los aprensivos, cómodos y seguros en sus corazas protectoras del miedo, hasta que alguien como Laymon llega y las hace pedazos) eclipsan sus contados arrecifes.

Es posible que Apagadas están las luces no sea una historia encauzada con el atino deseado por el gusto de la mayoría, que sus continuos pasajes violentos y grotescos se den tanto la mano con un humor mórbido, profundamente negro y, a veces, directamente autoparódico, como con el terror más feroz, veraz y espeluznante y no haya manera de definirla o posicionarla en un género concreto, pero es única y original, incomprendida por ese lector que en su poso espera encontrar a un convencional, inofensivo y entretenido Dean R. Kontz en vez de a un vicioso del grito desbocado y la truculencia de prosa incisiva, directa al grano, sin coartada intelectual ni sutilezas narrativas que contenten al lector con ínfulas. Es de los pocos libros de ficción que puedo leer dos veces, como un relato de Poe, Bloch o Bierce al que vuelves para configurarlo o deleitarte con sus magnificaciones de lo ultraterreno, y de los que más me han acojonado y hecho sentir auténtica angustia.

Amores, desamores, feminismo desvariado, salas oscuras y reflexión del placer por contemplar, experimentar y vivir el dolor ajeno y propio en el marco de una brutal historia que vincula la snuff-movie de desmembramiento con el clásico gran guiñol luciferino. Historia donde los protagonistas pueden ir al cine a ver una franquicia de películas baratas de terror y sangre que creen ficticias con títulos como Schreck el vampiro, Schrek el inquisidor o Schrek el doctor loco, y en la que entre narraciones tan precisas y poco dadas al adorno como esta:

“—¿Duele? – pregunta.

Ella sigue gritando.

Más abajo del torniquete, Schreck sigue aserrando hasta que el hueso se parte. Luego toma un escalpelo de larga hoja de la bandeja, y acaba de cortar los músculos y la carne que queda.

—¡Ajá! – dice

Alza la pierna amputa de la mesa, y la mantiene en alto.

—Un trabajo perfecto – dice

La mujer se desmaya.”

Hay un capítulo entero dedicado a la descripción de tres asesinatos distintos que no ahorra el más mínimo detalle escabroso, uno de ellos, el más desgarrador, aterrador, escalofriante e imprevisible que he leído nunca (es la muerte de uno de los personajes centrales en la recta final de la novela), por tenso, real y el insólito, lúcido y perfecto manejo de los mecanismos del miedo y el suspense de Laymon en ese momento. Apagadas están las luces tiene la diversión de las mejores viñetas de los cómics de la EC, por lo tanto, no hará reír a todo el mundo, y, por otro lado, el pavor que incita la credibilidad de una serie de crímenes y momentos de una violencia atroz y brutal creada por una mente sádica, perversa y brillante. Por eso, en ocasiones y a cualquier edad, da un miedo que te cagas. A mí, por lo menos, me lo sigue dando.

Sergio Colmenar.

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