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Perdido en la casa encantada (1)

24/01/2011

“Mira que a veces el Demonio nos engaña con la verdad”
Macbeth, primer acto, escena III.


Orson Welles está a punto de cortar a su esposa por la mitad con una sierra.

No os preocupéis, lo ha hecho otras veces. De hecho, uno podría decir que es una buena metáfora de su relación, aunque en ocasiones es ella quien empuña la sierra y él quien espera a ser dividido en dos, una condición con la que el cineasta estaba más que familiarizado. Hoy ambos se encuentran en una carpa circense de Cahuenga Boulevard, entreteniendo a un grupo de soldados en lo que el ejército norteamericano considera una fórmula infalible para subir la moral de las tropas en plena Segunda Guerra Mundial: el truco de magia más viejo del libro + una de las más brillantes estrellas de Hollywood. El único problema es que Harry Cohn, el irascible cacique de Columbia Pictures, considera que la brillante estrella es, de hecho y por contrato, su brillante estrella, así que prohibe a Rita Hayworth volver a participar en The Mercury Wonder Show, el espectáculo de variedades ideado por su marido y en el que “la-chica-cortada-en-dos” sirve como grand finale. Welles encontrará otras maneras más aparatosas de practicar este psicodrama: por el momento, se conforma con otros ayudantes de renombre, como Johnny Carson o, en la película de 1944 Sueños de gloria, Marlene Dietrich.

No todos los episodios de violencia pactada que Welles protagonizó sobre el escenario acabaron con una ovación del público. Una de sus representaciones de Otelo en Broadway culminó con él apareciendo una inesperada última vez ante el respetable para pedir perdón por la agresividad con la que había actuado esa noche. La actriz que interpretaba a Desdémona, Gudrun Ure, estuvo a punto de quedar inconsciente sobre las tablas tras haber recibido sus golpes (reales) en una escena de pelea (fingida) mil veces ensayada. Eartha Kitt declaró en una ocasión que Welles la mordió durante un beso en su montaje del Doctor Fausto, sin parar hasta que ella empezó a sangrar profusamente por el labio inferior. De Shakespeare a Marlowe y otra vez a Shakespeare: en su radical versión de Julio César, estrenada en 1937 y ambientada en la Italia fascista, Welles insistió en que el grupo de conspiradores llevara cuchillos de verdad, idea que no estaba destinada a combinar bien con su proverbial intensidad a la hora de interiorizar un papel (puro Método antes de la existencia del Método). Et tu, Brute?: el actor Joseph Holland intenta decirlo con una arteria cercana al corazón seccionada por su jovencísimo jefe en el Mercury Theater, y el resto del cast intentando no resbalar con su sangre mientras el telón baja a toda velocidad. Holland pasó tres meses en el hospital después de que Welles/Bruto sobreactuase: quizá tendría que haber escuchado al mentor del muchacho, el productor teatral John Houseman, quien lo describió en una ocasión como “un chico monstruoso (…) obsceno y terrible (…) movido por una irresistible violencia interior para matar y pronto, inevitablemente, para morir él mismo”.

Monstruoso, obsceno, terrible, violento. El niño Orson es ciertamente todas esas cosas cuando coge unas tijeras y destroza con ellas el vestido de su niñera y, casi treinta años después, lo es cuando discute a gritos con Rita Hayworth en el plató de La dama de Shanghai (1947), tras haberla obligado a cortarse su larga melena pelirroja y teñirse de rubia para (según algunas versiones) ajustarse mejor al papel de mujer fatal en este fascinante, extrañísimo ejemplo de noir brechtiano y (según otras) dejar de ser el centro de las miradas de los demás hombres. Orson y Rita están inmersos en su truco de magia más aparatoso hasta la fecha, una superproducción de la Columbia en la que Cohn no tiene pensado dejar ni un centímetro de manga ancha a un director que está empezando a llevar particularmente mal la interferencia de los grandes estudios en su visión creativa. Esos idiotas trajeados y sin talento quieren secuestrar tu jodida película, tu matrimonio está a punto de irse por la borda y, desde hace poco, los del fisco se han sumado a la partida de caza y no dejan de hacerte preguntas comprometedoras: la ansiedad lleva a la paranoia y, como en tantos otros casos de una y otra condición, el sujeto busca refugio en la adicción. Se sabe que Welles era el resultado de una ecuación que incluía cantidades ridículas de alcohol, presión autoral, cocaína, recortes de presupuesto y barbitúricos cuando se desmayaba constantemente en el rodaje de Shanghai. El cineasta decide entonces canalizar ese estado psicológico y usarlo como clímax final de su película, ambientado en la casa encantada de un carnaval macabro: él mismo se encargaría de ayudar a construir los decorados y a modelar las figuras de atrezzo, visiones pesadillescas de una violencia que el Código Hays simplemente no podía concebir, entre las que destacaba la figura de una mujer cortada por la mitad, posible manifestación extrema de su afición por el truco de “la-chica-cortada-en-dos”.

Así que Harry Cohn recibe la noticia de que su actriz más importante está rodando unas escenas rodeada de cabezas de vaca, maniquíes grotescamente desmembrados, esqueletos a los que les han aplicado la vivisección y caras de payaso deformadas como por obra y arte de una navaja oxidada, tanto que uno casi podría sospechar que el realizador estaba homenajeando a El hombre que ríe (1928), esa película filo-expresionista de Paul Leni. Cohn encuentra un subterfugio legal para impedir que Welles siga trabajando personalmente en esos decorados (al director no se le estaba permitido arrimar el hombro junto a los carpinteros y maquilladores), pero el cineasta monta en cólera y convoca una huelga. Como resultado, la producción de La dama de Shanghai se para en seco. Es 9 de enero de 1947. Esta misma noche, Elizabeth Short, una aspirante a actriz de 22 años, es asesinada en algún lugar de Los Angeles. No encontraran su cuerpo hasta seis días después, mutilado y colocado en una pose que las crónicas más escabrosas de la época definen como “artística”. Décadas más tarde, el novelista James Ellroy describió las heridas que Short había recibido en los labios como una mueca grotesca, comparable a la que el actor Conrad Veidt lucía en El hombre que ríe.

Esta es, en cierto sentido, una historia de divisiones. Rita Hayworth dividida en su papel de mitad de un matrimonio disfuncional en la ficción (pelo rubio corto) y mitad de un matrimonio disfuncional en la realidad (pelo rojo largo), ambas figuras fusionándose de alguna manera en la mente de Orson Welles, ya de por sí dividida desde niño por la imagen de su hermano mayor Richard, un caso de esquizofrenia aguda que pasó la mayor parte de su vida en un manicomio. El director decidió convertir a su hermano en su alter ego o doble oscuro, refiriéndose a él como “El Otro Orson” y practicando una suerte de transferencia de culpa para explicar(se a sí mismo) sus puntuales estallidos de violencia: era, por así decirlo, la materialización de su lado tenebroso. También está Elizabeth Short, cuyo popular mote, “La Dalia Negra”, se debe a que era prácticamente una copia en negativo (como si una viniera del cielo y otra del infierno) de Veronica Lake en La dalia azul (1946). Una doble oscura, si se quiere, aunque su verdadero desdoblamiento se pueda enunciar más bien así: la persona real que fue encontrada en un descampado entre S. Norton Avenue y la calle 39 VS. la materia de leyenda que escritores, cineastas, vendedores de souvenirs y Hollywood en pleno han querido hacer de ella más tarde. La persona real que fue encontrada en dos mitades quirúrgicamente separadas. “La-chica-cortada-en-dos”.

Mañana, cómo una detective de salón usa su imaginación (y unas cuantas gotas de venganza literaria) para unir el punto A con el punto B, más algunas pavorosas simetrías y sorprendentes coincidencias que sumar a las de esta primera parte del post. Además, el director pronuncia un panegírico.


10 comentarios leave one →
  1. 25/01/2011 12:08 am

    Bravo

  2. 25/01/2011 12:35 am

    TE VOY A CANONIZAR, NOEL.

  3. 25/01/2011 12:45 am

    Buen trabajo. Deficiente para dispositivos móviles .

  4. 25/01/2011 3:04 am

    Acojonante.

  5. 25/01/2011 10:46 am

    Fascinante ! La Dalia Negra, como los asesinatos de Jack The Ripper, Zodiac o el Monstruo de Florencia acaban trascendiendo su propia vulgaridad para convertirse en algo más, una suerte de zeitgeist desfigurado… Espero ansioso su conclusión…

  6. 25/01/2011 2:05 pm

    Muy grande, Noel. A medio cmaino entre Skal y Ellroy.
    Y si quieren ver a Elizabeth Short aún más short, aqui la tienen tal y como la encontraron.
    http://drzito.tumblr.com/post/2760796808/tal-dia-como-ayer-en-1947-aparecia-en-un

  7. 25/01/2011 4:03 pm

    Me he bajado toda la filmografía de Welles de UNA. No, pero La Dama de Shangai no la había visto y la veré mañana SEGURO.

    Enhorabuena

  8. 25/01/2011 4:34 pm

    Noel este post es TODAVÍA MEJOR QUE CUANDO LO LEÍ POR PRIMERA VEZ.

    TE VOY A RECANONIZAR.

  9. Ike Janacek permalink
    27/01/2011 4:58 am

    Este brillante caballero ya se ha ganado El Cielo varias veces, pero es cierto; este post y su continuación son para canonizarle.
    Felicidades.

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