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Nota al margen

15/03/2011


La semana pasada terminé El arco iris de gravedad. He tardado muchísimo en leer esta novela, ya de por sí larga y compleja, porque no paraba de volver sobre ella para revisar ciertos pasajes, admirar el absoluto dominio de las estructuras narrativas avanzadas de Thomas Pynchon, intentar desentrañar los referentes o los músicos parodiados en las falsas canciones que puntúan el relato, maravillarme con su manera lateral y heterodoxa de tejer su argumento, contar las referencias a los símbolos fundamentales y, por último, ir apuntando sus temas en mi libreta. Al final, he acabado con una lista de (gasp) 45 ideas vertebradoras detrás del texto, que van desde “1) Alegoría sobre el nacimiento de la contracultura en el lapso de tiempo (histórico, psicológico) entre el Día V-E e Hiroshima” hasta “45) La noción weberiana de desencantamiento del mundo, o sustitución de un orden religioso por uno tecnológico (pasajes en los que los mitos germánicos se funden con la física de cohetes)”. El libro es una obra maestra absoluta y debes leerlo aunque te vaya la vida en ello, pero no estamos aquí para hablar de él.

La razón por la que tomé todos esos apuntes para un futuro post (que nunca escribiré: esto es lo más cercano) sobre El arco iris de gravedad en mi cuaderno y no en los propios márgenes del libro es: soy demasiado pulcro/tiquismiquis para escribir en los márgenes de los libros. No obstante, estoy seguro de que muchos lectores de la novela lo han hecho, pues estamos hablando de una obra que se presta especialmente a esa práctica que los expertos conocen como marginalia. Sin las notas manuscritas en los márgenes de los libros no tendríamos el último teorema de Fermat (al tipo se le ocurrió mientras leía la Aritmética de Diofanto) y la producción literaria de autores como Fernando Pessoa o Samuel Taylor Coleridge se vería diezmada. Pues bien, The Atlantic se preguntaba ayer qué va a suceder con el arte de glosar una vez las tabletas y los libros electrónicos se impongan sobre el papel. Vale, ya no veremos nunca más apreciaciones poéticamente miserables en un libro sacado de la biblioteca, pero los románticos de este tipo de cosas se están lamentando mientras lees estas líneas. Por su parte, los entusiastas de la tecnología aseguran que los e-books incorporarán su propio modo de escribir y editar notas al margen, lo que parece enfurecer aún más a los románticos de este tipo de cosas (quienes, por supuesto, piensan que los únicos ejemplos de glosa que cuentan son los que están escritos a mano, no los que aparecen en el texto a través de un pop-up).

Personalmente, no tengo una opinión formada sobre el libro electrónico, ni a favor ni en contra. Solo sé que he disfrutado llevando el maldito tocho de Pynchon de un lado a otro durante más de un mes, así como escribiendo a mano las ideas inconexas que me iba sugiriendo. ¿Hubiera disfrutado igual haciendo todo eso en una cómoda y ligera tableta electrónica? No lo sé. Quizá lo compruebe en el año 2021, cuando celebre el décimo aniversario de mi lectura de El arco iris de gravedad volviendo sobre él. Quizá entonces abrace las notas al margen escritas con procesador de texto, algo que (ahora que lo pienso) llevo haciendo desde 2004. Se llama (El) Emperador de los Helados y es la marginalia de mi vida.

5 comentarios leave one →
  1. 15/03/2011 8:28 pm

    Muy BONITO, joder, MUY BONITO.

    UN ABRASO.

  2. Sigfrido permalink
    16/03/2011 11:45 am

    Qué curro Noel, este verano me pongo yo con él… qué ganas!

  3. Vivaldo Moore permalink
    17/03/2011 4:38 pm

    La triste realidad, Noel, es que las marginalias comenzaron a ser acotadas (cuando no diezmadas) antes de la aparición del e-book. Ignoro si por una cuestión de costos o por alguna estúpida noción de diseño, en la actualidad ningún libro de estudios tiene más de un centímetro y medio de margen y no hablemos ya de las ficciones; lejos ha quedado el elegantísimo y práctico canon de Van de Graaf. Si nos pusieramos conspiranoicos (y qué espíritu con sensibilidad pOp no lo es) podríamos entender esto como un intento para evitar esa reflexión (a veces digresiva) que acompaña toda buena lectura. Los editores parecieran ignorar que el pensamiento no concluye en el libro, sino que se extiende en él y a partir de él se continúa.

    Un placer, como siempre, pasar por tu blog.

  4. Perla del Turia permalink
    20/03/2011 9:22 pm

    Desde luego, tendré que entregarme a Thomas Pynchon sin compasión, a ver si me inspira notas como estas… Un gusto.

  5. 30/12/2012 4:59 pm

    Añadir un pie de página con unas disculpas por lo de twitter. Aprendida la lección, hermano!
    Yo creo que referente a poner notas al margen reader de adobe lo permite sólo falta adaptarlo.
    Bravo por todo!!

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